Cómo es Irse Pa’l Otro Lado. #1659

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Por Daniela Fernández

Machetearte habló con gente que vive y vivió en Estados Unidos, la que día a día se esfuerza por tener algo mejor, lo que en su país natal no encontró.

“Mi nombre es Catiu Zavala, viví en el gabacho por tres años. Cruzar al país vecino fue una joda, la persona con la que pasé era amigo desde la infancia, pero pareciera que del otro lado te vuelves otra persona”. Catiu, de 45 años de edad, quien ahora es estudiante universitario cuenta su historia de juventud que, como muchos otros, cruzó esperando tener un buen futuro económico.

“Yo quería una vida mejor, como en Guanajuato que muchos tienen sus camionetas y esas cosas”. Él se fue a los 18 años para Nueva York, dejando sus estudios en el Politécnico, por cierta influencia de amistades y las carencias que vivía aquí en la Ciudad de México. Rememora: “Cuando logré cruzar la frontera por Tijuana encontré muchos cholos que te asaltan y te quitan las pocas pertenencias que llevas. Jamás había visto uno”.

Sigue su relato: “Del lado de San Diego me encontré con una casa donde llevan a los sicarios de los cárteles de México. Llegué a ese lugar y, pues, les pedí ayuda sin saber a dónde nos llevarían. El trayecto lo hice con mi amigo Juan, quien iba golpeado por los cholos que lo asaltaron. Cuando llegamos a esa casa, nos dejaron dormir en un cuarto húmedo y frío.

“Al día siguiente nos levantamos y al querer cruzar la puerta, pues resulta que nos dicen que estábamos secuestrados y que tenían que pagar el rescate por nosotros. Nos dejaron hacer llamadas telefónicas. Yo tenía un tío en los Ángeles, California, al cual le llamé para que nos ayudara a salir de ahí, pero mi tío dijo no conocerme. Ahora pienso que era porque tal vez sería una carga para él”.

Catiu y su amigo lograron escapar, pues los que cuidaban de ellos fueron a una fiesta en Tijuana dejando sin cuidado la casa. Catiu narra que en ese lugar se pierden amistades, parece que se transforman.

Rememora: “En Estados Unidos comía una vez al día, por lo regular alas de pollo con arroz, en los restaurantes chinos, pues era lo más barato. Estaba en el barrio de FarRockaway Queens, alejado de Dios y de México. Recuerdo que en las tardes me iba a llorar a la playa, a contemplar el horizonte, a imaginarme hacia qué dirección estaba mi México querido… fue muy fuerte para mí.

“Sucedió que ya era fecha en que se tenía que pagar la renta. Y no encontraba trabajo. Hasta que un día pasé en una tienda tipo recaudería y vi a un coreano que se me quedó mirando. Le sonreí. Y él a mí. Seguí caminando. Avancé unas cuadras y pensé: ‘tal vez ese señor necesitaba un ayudante’. Decidí regresar y hacerme el que quería comprar frutas y tratar de hacerle entender que, además, necesitaba trabajo.

“Regresé y tomé unas frutas. Me acerqué al mostrador y las pagué. Y como pude le pregunté si necesitaba un trabajador. Él me entendió y dijo que sí. Acordamos la paga, que era una miseria, pero peor era nada. Así que salí del lugar con la promesa de llegar al otro día a trabajar a las ocho de la mañana. Y bueno, llegué a las siete, antes de que abrieran. Si no sabía inglés, por lo menos quería que el dueño viera la buena actitud que yo tenía”, Catiu finaliza su relato.

La historia es de Noemí Toledo, mexicana, de 35 años. Ella radica allá y evoca sus inicios en el gabacho: “A los 19 años me vine para EU, por el año 2000, mi papá se vino para acá (EU) pero nos abandonó. Mi primer trabajo fue algo muy feo, con unos cubanos, en labores de limpieza. Un día me acusaron de haber robado una cadena y me sometieron al polígrafo. En ese tiempo yo no sabía nada de los derechos humanos, ni nada de eso. Pero imagínate, que le llamaran a la policía; después me corrieron, la señora me dijo que no me acusaría pero que mejor me fuera. Sentí horrible, según yo solo me quedaría cinco años, pero pues aún estoy acá. Siento que si regreso a México la vida será más dura”.

Noemí relata que los mismos paisanos son “mala onda”. Hay “unos que se creen mucho. Si no te pones las pilas te lleva la jodida. Aquí la vida se vive muy rápido; aquí, si no lo eres, aprendes a ser puntual. Si no alcanzas el tren te tienes que esperar al otro. Así que a las seis de la mañana hay que despertar para tomar el tren de las siete. Y regresas a casa por la noche a bañarte, cenar y dormir. Para que al día siguiente hagas lo mismo. Los dólares no caen de los árboles”.

Noemí dice que allá no te superas profesionalmente pues te empleas de limpieza, de barrendero, lava-trastes, etc. Pero, agrega, “tienes mejor solvencia económica y un techo; nunca te falta qué comer, ni vestir”. La vida social la tiene por parte de una iglesia donde ha encontrado amistades que se han convertido en su familia.

Estos son las narrativas de personas a las que no les fue fácil conseguir una vida mejor, que en su país de origen no fueron apoyados o los segmentaron por diversas causas. Esta es la voz de quien padece directamente las amenazas de Trump, personas que temen que los desalojen de lo que han cimentado.

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