Los Actos Violentos en Charlottesville, Virginia. #1667

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Crónica

Por Erick Mejía

Los blancos, anglosajones no son realmente originarios de EEUU. Son hijos de migrantes holandeses, franceses e ingleses que llegaron a la costa del Atlántico procedentes de Europa y permanecieron cerca de la costa desde 1600 hasta casi el siglo XIX, cuando se descubrió la ruta de los Apalaches que permite el paso por tierra del este al oeste y empezó la conquista de este último, arrebatando la tierra a los originarios y confinándolos en reservas. Para justificar el sometimiento, para negarle a los sometidos el derecho de emancipación un buen pretexto es inventar que existen razas superiores y razas inferiores y que por el bien de todos los blancos han de señorear a las otras razas, cosa que en la actualidad incluye a los musulmanes.

La lucha por la liberación de la raza afro empezó desde 1861 y se extendió hasta los tiempos de Malcom X y Martin Luther King que lograron que al menos en el papel se prohibiera en 1964 la segregación y si bien incidentes como el de Ferguson, Missouri de 2015 y los abusos de autoridad contra negros y latinos que se oyen cotidianamente revelan que el racismo (de blancos a negros, de negros a latinos y hasta de pochos a otros latinos) en la Unión Americana -y es indudable por lo menos en tiempos recientes- el problema no tenía bastiones a nivel federal. Dice Paulo Freire en Pedagogía de la Liberación que cuando el dominado protesta por la injusticia el dominante se queja pero se le restringe su derecho a dominar y eso pasó en Charlottesville.

A mediados de agosto de 2017 un grupo de segregacionistas, entre ellos miembros del Ku Klux Klan y de la asociación ultraderechista The Patriot Prayer protestó en Charlottesville contra el intento, fraguado en febrero, de quitar una estatua del general confederado Robert E. Lee, que siendo el líder de los que se oponían a la abolición de la esclavitud es un ícono del segregacionismo, en un marco legal donde al principio hasta se les permitía llevar armas de fuego. Grupos de anti-segregacionistas y antifascistas sabotearon la causa derechista y un segregacionista que circulaba cerca, atropelló intencionalmente a 19 personas, matando a una activista antirracista. Las autoridades cubrieron la esfinge con una tela para dar gusto a unos y otros y evitar más conflictos.

Actitudes como la insistencia de Trump de construir el muro y el indulto al violento excomisario Arpaio destruyen todas las hipócritas condenas oficiales hacia el fanatismo y muestran que las tragedias de la activista y los otros 19 heridos en el fondo son aplaudidas en la Casa Blanca. Los racistas confiaron con su voto en que Donald Trump les consentiría su convicción. Y así fue.

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