Ver a los Ojos a la Muerte. Machetearte #1668.

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Testimonio

Por Elsy Ayala y Eugenio Mora

Estaba en mi casa cuando se sintió el sismo. Vivo en un edificio y bajé a la calle a ponerme en un lugar seguro al igual que mis vecinos.

Empezó el caos.

Luego de sentir el movimiento de la tierra, se escuchó un estruendo de los edificios que caían. Sentí pánico. Corrí hacia el edificio color verde que se encuentra en la misma cuadra donde está mi casa y vi cómo se cayó el primer piso donde estaba el garage y la puerta. Las personas intentaban salir; pero les tocó quedarse dentro del inmueble.

Justamente, en el edificio ubicado al lado derecho del que se derrumbó, había una reunión de paramédicos por el simulacro a propósito del sismo de 1985, ocurrido también un 19 de septiembre. Los asistentes de desastres corrieron a la calle de La Morena, donde yo me encontraba.

Me ofrecí como voluntario para subir a tapar las fugas de gas; después, como ayudante de paramédico para atender a las personas que estaban en crisis de ansiedad, hipertensos o diabéticos.

Ahí comenzó todo: una paramédico me dijo: “¿Sabes qué?, en la lateral de Viaducto y Torreón se cayó un edificio, necesitan ayuda”. Y fuimos a Viaducto. Al llegar vimos el edificio derribado, muchos papeles en el suelo, un espectacular gigante en medio del edificio, gritos: “¡Ayuden, súbanse!”.

Una paramédico me pidió que apoyara en la zona de ambulancias de la Cruz Roja; pero eran tantos voluntarios ahí, que el jefe de los Topos de Protección Civil me miró y dijo: “Sabes qué, tú estás flaquito. Súbete, ayúdanos a remover los escombros de la parte de arriba”.

Como si fuera a hacer rapel, me pusieron una cuerda y empecé a quitar los escombros. Desde arriba me pareció ver la ciudad o, al menos, el Viaducto paralizado. México estaba paralizado. Empecé a quitar piedras. Éramos varios, pero nos dimos cuenta que no era muy eficaz nuestro trabajo porque el espectacular estorbaba; no se podían mover las piedras hasta que se quitara.

Entonces, con grúas de tránsito y una cuerda amarrada al espectacular, alrededor de cincuenta personas jalaron de ella para tirar el gran anuncio. Las grúas avanzaron rápido para derribarlo, hasta que por fin cayó.

Entre voluntarios y personal de protección civil, se reunió el México que nunca creí que se podría juntar: obreros, albañiles, “ladies y muchos habitantes de la colonia que apoyaron. Los niños de la escuela más cercana recogían escombros o daban agua. Entre todos quitamos el espectacular y las láminas, una por una. Luego, comenzamos a hacer un hoyo en medio del edificio para empezar a rescatar a la gente.

Los de Protección Civil pedían silencio. Se escuchaban los lamentos de las personas atrapadas. Se percibían gritos que clamaban ayuda.

Una de las escenas más fuertes que me ocurrieron, fue la de un señor que desesperado, gritando, decía que allí estaba su casa y que dejó a su familia. Él había salido a la tienda y cuando regresó su casa estaba derribada.

Escarbamos entre restos de concreto; hicimos cadenas humanas: los que estamos arriba pasábamos las piedras que estorbaban el proceso de exploración.

Después de un tiempo, vimos la primera mano entre los escombros. “¡Aquí hay alguien!”, gritó uno. Todos nos emocionamos: “¡Aquí hay una persona!”.

Pero no era lo que esperábamos ver, ya que a la primera persona a la que llegamos se encontraba sin vida.

Es una escena muy fuerte porque te das cuenta que no puedes luchar contra la naturaleza. Que por más que quieras salvar una vida, ya has llegado demasiado tarde, aún haya sido 30 minutos después del terremoto.

Uno de Protección Civil nos dijo: “Dejen el cuerpo ahí. Tenemos que salvar a los que todavía siguen atrapados”.

Seguimos ayudando, pero fue muy fuerte porque vimos a la persona sin vida, ves la muerte a los ojos, ves a los ojos a la miseria. Nos tocó, lamentablemente, ver a otros tres cuerpos así.

Se siente desesperación, se pierde la esperanza de encontrar a alguien con vida, hasta que ves otra mano, ves otro pie y te sigues emocionando.

Tuvimos la suerte de encontrar a alguien con vida: una señora con la pierna izquierda lesionada. Digamos que no estaba amputada por completo, pero si destrozada. Cuando lo paramédicos la sacaron, sentí el espíritu que motiva, más porque todos aplaudíamos y gritábamos.

Yo estuve aproximadamente desde la 1:30 de la tarde en la calle de Torreón y la lateral de Viaducto y como a las 5:30 p.m. llegó el personal del Ejército y la Marina con maquinaria pesada, fue cuando nos pidieron que desalojáramos.

Nos mandaron a la calle de atrás, en Torreón y Obrero Mundial, en donde hicimos como cuatro cadenas de personas que sacábamos escombros. En esas cadenas duré otras cuatro horas sin comer. El cuerpo te pide descansar, pero la mente, el espíritu te dice: “Tienes que seguir ayudando, hay gente todavía ahí”. Se escuchan los silencios, porque el silencio se escucha.

Cuando decido regresar a mi casa vi dos edificios dañados que ponían en riesgo el mío. No nos dejaron entrar y tuve que dormir esa noche en un campamento.

Testimonio de Alonzo Torres.

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