Más Demagogia y Retórica Presidencial para el 2018. #1672.

0

Nota

Por Eduardo Ibarra Aguirre

Permanecen a flor de labios los buenos deseos con motivo de las fiestas decembrinas y en particular por el comienzo de 2018. La variedad va desde los que apuestan por un mejor o buen año, hasta el más fabuloso, pleno y hermoso de todos los que uno conozca. Para fortuna de las inmensas mayorías de la aldea global, el derecho a soñar nadie lo puede expropiar en ninguna latitud y tiempo.

Y por supuesto que Enrique Peña Nieto no se quedó atrás en la danza de los buenos y hasta extraordinarios deseos para con sus gobernados. Minutos antes de concluir 2017, a través de Twitter deseó a las familias que “2018 sea un año pleno de salud, trabajo y felicidad”.

Dijo más el titular del Ejecutivo: En los cinco años de su gobierno se logró “la transformación más profunda que haya tenido el país en décadas. Eso, ha sido posible gracias al esfuerzo de todos”. Y prometió que “la transformación seguirá adelante, porque México no se detiene”. Abundó que con las reformas emprendidas se pudo hacer frente a varios desafíos y quedaron sentadas las bases de un mejor país, “son todavía más las hazañas por lograr… aún tenemos mucho por hacer. El siglo XXI debe ser el gran siglo de México”.

Del párrafo en el que se entremezclan deseos y retórica, conviene rescatar lo elemental, la promesa de “seguir adelante”, pues gana espacios la opinión de que el sexenio concluyó y el gobierno está abocado a la campaña del que fue ‘destapado’ el 27 de noviembre en Los Pinos: José Antonio Meade, precandidato presidencial del Revolucionario Institucional, que pese a ser nonagenario no mostró capacidad para postular a uno de sus propias filas, sino un dizque ciudadano, como lo somos todos los mexicanos con y sin adscripción partidaria –en mi caso desde 1986–, y quien presume todos los días de “estar preparado”, mas nunca aclara para qué rumbo o programa. Y no lo aclara porque el proyecto inaugurado por Miguel de la Madrid (1982-88) es más impugnado en cubículos, iglesias, calles y urnas por sus magros resultados, como el 2.2 por ciento de crecimiento mediocre de la economía en promedio, como bien decía Luis Videgaray cuando justificaba las reformas estructurales, pero el crecimiento no varía.

Vivir de las promesas formuladas para el futuro es una práctica que usó Felipe Calderón, cuando reconocido por George W. Bush como ganador de las elecciones de julio de 2006, en México ninguna autoridad lo hacía. Y mientras el Tribunal Electoral decidía sobre el triunfador, Calderón organizó una gira con más pena que gloria y por ello la suspendió, para “vender” a los mexicanos que el país sería en 2040 por su tamaño la quinta economía de la aldea, mas no por sus brutales desigualdades sociales y regionales.

Seis años después Peña insiste en la apuesta del “gran siglo de México” y su precandidato en convertirlo en potencia, cuando el clamor es por lo básico: seguridad pública, empleo (bien remunerado) y freno a la carestía de la vida. En tanto, medios como La Jornada registran al México realmente existente: “Ahora tortillazo: aumentará entre 1.50 y 3 pesos”; Gasolineros elevan 5% el precio de la Magna”; “Recortan 50 por ciento el agua a la capital del país”; “Asesinan a un precandidato del tricolor en Guerrero. Al menos ocho ejecuciones en Tabasco; en Michoacán reportan cinco”.

En contrapartida, el Tribunal Electoral regula la difusión de imágenes de menores de edad en la propaganda electoral, para lo cual será indispensable contar con la aprobación firmada por los padres y la opinión del niño a partir de los seis años de edad.

Share.

About Author

Comments are closed.