AMLO, la cargada y los puestos del mercado, #1673.

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Eduardo Ibarra Aguirre

El candidato presidencial de la coalición Juntos Haremos Historia (Morena, PT y PES), Andrés Manuel López Obrador mandó al mercado a los que quieran puestos políticos, durante un mitin realizado en Tepic, Nayarit, el martes 29.

La frase textual no resultó mala: “No es cualquier elección, no es el quítate tú porque yo quiero, no es la lucha por puestos, el que quiera puestos que se vaya al mercado”.

Sería formidable que los seguidores de elite del candidato del Movimiento Regeneración Nacional, Partido del Trabajo y Encuentro Social se conformaran con un puesto en los mercados de cualquier ciudad para apoyar al hombre que jura que de llegar a Palacio Nacional cambiará al país haciéndole frente a los cánceres que agobian a México hasta bloquear su futuro: la corrupción pública y privada, la primera no se reproduce sin los corruptores privados; la inseguridad pública sin precedente, por lo menos su altísima cuota de muerte y sangre; y el “crecimiento mediocre de la economía” (Luis Videgaray dixit) en los últimos 35 años con todo y las reformas estructurales que pierden partidarios a granel, incluso los que las diseñaron e impulsaron con entusiasmo desde las dirigencias de los partidos Revolucionario Institucional, De la Revolución Democrática y Acción Nacional.

Desgraciadamente la terca realidad, esa que no se puede ignorar si no se ajusta al gusto y los esquemas de cada presidenciable, evidencia que en buena medida la incorporación de figuras políticas, intelectuales, deportivas y de los espectáculos a la campaña de AMLO, aunque también a la de Ricardo Anaya y José Antonio Meade (mal de tres consuelo de tontos), tiene como uno de sus estímulos principales desde la candidatura a una alcaldía, diputación, senaduría, gubernatura y hasta formar parte del gabinete del triunfador el primer domingo de julio, siempre que el Tribunal Electoral del Poder Judicial, cooptado por el partido tricolor según varios especialistas, no repita el escandaloso fallo del 7 de septiembre de 2006. Para lo que seguramente el país no está apto ni dispuesto, sería “una bomba” me dijo un experto en materia electoral.

Por supuesto que existen políticos que privilegian la vocación de servir a los electores, a los gobernados por encima de los intereses propios. Todo parece indicar que por desgracia son los menos.

La reflexión es la siguiente, si Obrador no estuviera en la condición de puntero –por las razones que usted guste y mande, incluida la simplificación de Damián Zepeda: “porque lleva 18 (sic) años como candidato presidencial–, sería impensable que la cargada –fenómeno sexenal como pocos– se orientara por su candidatura, coalición y partido.

Y el fenómeno de la cargada –del que dicen que “no es algo pero tampoco es alguien, sino la suma de ambas cosas. Es el carnaval de adulación en torno al delfín en campaña”–, seguirá a la orden del día a favor de AMLO mientras el tabasqueño de Macuspana encabece la intenciones de voto, más allá de la guerra de las encuestas que ya arrancó, sin que al final ningún encuestador dé cuentas a los electores de sus desatinos por trabajar con intereses cargados al mejor postor, como sucedió en 2012 con Enrique Peña Nieto, cuando casi todos apostaron que “ganaría de calle”.

No está nada mal que AMLO se ocupe del asunto que es complejo porque forma parte de las peores tradiciones del sistema político y de la subcultura cívica, aunque lo haga con una frase. Mas el fenómeno de la cargada requiere de muchísima más política.

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